9 abr. 2015

Ilustración~Revista "Corazonadas" ICICOR. Nº 15



SOLEDAD
Vicente solucionaba buena parte de sus enfermedades en la consulta del médico de cabecera y, en su ausencia, la mediadora era la enfermera. Y no precisamente con tratamientos al uso. Lo suyo era que le escuchasen. No pasaba semana sin que recalase en el dispensario. La excusa podía ser, desde pedir una receta, solicitar cita con un especialista, o reclamar que le tomaran la tensión, porque llevaba una semana con fuertes dolores de cabeza.
Resuelto el trámite, el facultativo, que lo conocía de toda la vida, preguntaba, ¿y por lo demás?.  Entonces la sala se transformaba en una especie de confesionario y Vicente narraba el mal que le causaba todos su malestares. Estaba solo. Viudo, con hijos lejos y con amigos que ya no salían de casa por la edad. Se creó enemigos ficticios. Se inventó que le tenían intervenido el teléfono y, hasta, sugirió que le seguían por la calle. Pasó de hipocondriaco a paranoico.
Eso sí, salía del Centro de Salud en paz. No sé que consejos recibía y si el sanitario reprobaba o corroboraba su conducta.
Cuando su médico se jubiló. Vicente dejó de acudir al Centro de Salud. En las tertulias en el Casino, el veterano facultativo contó que, en una ocasión,  le preguntó a su paciente por qué se sentía perseguido; a lo que le respondió que a estas alturas de la vida era mucho más benefactor pensar que alguien vigilaba sus pasos, que sentirse solo. Era su única compañía.



Texto de Paco Alcántara